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Tres son las formas básicas de las botellas de vino: borgoña, borlandelesa y Rin y toman su nombre según la zona originaria de procedencia. Aunque estas sean formas básicas, nos encontramos con abundantes y curiosas variantes excepcionales como clavelin, jerezana, trococónicas, etc…
Las botellas comienzan a aparecer en el siglo XVII, cuando se extiende la tecnología y la producción comercial del cristal. Desde amorfas, panzudas, con forma de cebolla aplastada o con un largo cuello cilíndrico, fueron evolucionando hasta que se fabricaron rectas porque para apilarlas era mucho mejor. A partir de ahí, más que evolución, se convirtió la busqueda del diseño o de modas.
Las botellas antiguas, sopladas y terminadas a mano, se han convertido en antigüedades buscadas y coleccionadas por aficionados de todo el mundo. Hoy la botella de vidrio es el recipiente más común para el vino, su almacenamiento, transporte y servicio. En la antigüedad, el vino se servía a granel y se almacenaba o movía en ánforas de barro, pellejos de animales, barriles de madera y otra seria de contenedores de piedra, cerámica u otros materiales que podían transmitir sabores y olores al vino.





